DETERMINANTES
DE LOS ESTILOS DE VIDA Y SU IMPLICACIÓN EN LA SALUD DE JÓVENES UNIVERSITARIOS
Dayan Gabriela García-Laguna*
Ginna Paola García-Salamanca**
Yeinny Tatiana Tapiero-Paipa***
Diana
Marcela Ramos C.****
RESUMEN
Objetivo: Describir cuatro de los
más relevantes hábitos de los estilos de vida (actividad física, hábitos
alimenticios, consumo de tabaco y alcohol) en la población universitaria,
identificando factores que los influencian, consecuencias en la salud y estrategias
de cambio.
Metodología: Revisión de literatura
científica que contempla artículos indexados en bases de datos PubMed, HINARI,
EBSCO, Scielo y páginas Web oficiales empleando como palabras de búsqueda:
actividad física, nutrición, consumo de tabaco, consumo nocivo de alcohol,
estilo de vida, sedentarismo, enfermedades crónicas no transmisibles y jóvenes
universitarios.
Resultados: La buena interacción de
estos cuatro determinantes es fundamental para la adopción de hábitos
saludables en la población universitaria, en la que se evidencia el mayor
cambio comportamental hacia conductas nocivas para la salud, que pueden generar
enfermedades crónicas no trasmisibles, las cuales son el reto más importante en
salud pública para afrontar en el siglo XXI.
Conclusiones: Los jóvenes
universitarios se encuentran expuestos a una serie de factores que los
predisponen a adoptar conductas nocivas para la salud y aumentar el riesgo de
padecer enfermedades crónicas no transmisibles. Por esto es necesario crear
conciencia e implementar estrategias que promuevan el cambio hacia estilos de
vida saludables, permitiendo mitigar efectos e impactando en la calidad de vida
de cada uno de los individuos.
Palabras clave Tabaquismo, estilo
de vida, promoción de la salud, hábitos alimenticios, enfermedad crónica
(fuente: DeCS, BIREME).
INTRODUCCIÓN
El estilo de vida (EV) es definido
por la OMS como una forma general de vida, basada en la interacción entre las
condiciones de vida y los patrones individuales de conducta, determinados por
los factores socioculturales y las características personales. El EV incorpora
una estructura social, definida por un conjunto de valores, normas, actitudes,
hábitos y conductas (1).
De acuerdo a lo anterior, se
plantea que el EV abarca todos los ámbitos del ser humano. Por esto, diferentes
autores intentan construir el concepto de estilos de vida saludables (EVS),
llegando a la conclusión de que estos están constituidos por patrones de
conductas relacionadas con la salud. Otro aspecto importante que se ha abordado
son los factores que influyen en el EV, entre ellos se encuentran los sociales.
Estos, actúan de diversa forma entre géneros, ya que la mujer se asocia con
labores hogareñas, mientras que el hombre se asocia con roles netamente
laborales que lo predisponen a llevar un EV caracterizado por comportamientos
riesgosos para su salud, como lo es el consumo excesivo de alcohol y el
cigarrillo (2).
También están los factores
económicos que se relacionan con la aparición de enfermedades crónicas no trasmisibles
(ECNT), ya que un estado socio-económico bajo se asocia con un EV sedentario y
un menor consumo de frutas y vegetales. Otros factores que también afectan la
salud son los comportamentales que involucran la nutrición, la actividad física
(AF), el consumo de tabaco (CT) y el exceso de alcohol (3).
En efecto, al hablar del EV, hay
que tener en cuenta los componentes que hacen parte de él. Estos se consideran
como esquemas de comportamiento que comprenden hábitos saludables y no
saludables que interactúan entre sí (4). Los principales aspectos relacionados
con el EV, son la sexualidad, el estrés (5), el sueño, el tiempo libre y desde
el punto de vista psicosocial: las relaciones interpersonales (4).
Sin embargo, con el pasar del
tiempo, se han estudiado los factores que se consideran de mayor influencia en
el diario vivir de las personas, dentro de los cuales se destacan la AF, la
nutrición y el consumo de tabaco y alcohol (CTA), que se ven importantemente
modificados en los jóvenes universitarios, por lo cual se van a profundizar a
continuación.
METODOLOGÍA
Se realizó una búsqueda de
documentos científicos, encontrando 33 artículos en la base de datos PubMed, 28
en SCIELO, 6 en EBSCO, 3 en HINARI y 1 en Science Direct. Como parámetros de
búsqueda se abordaron las palabras: actividad física, nutrición, hábitos
alimenticios (HA), consumo de tabaco, consumo excesivo de alcohol, EV, EVS,
sedentarismo, ECNT, trastornos alimenticios y jóvenes universitarios. Se
incluyeron artículos publicados entre 1998 y 2012, no fueron agregados aquellos
en idiomas diferentes al inglés y al español. Finalmente 54 artículos y 16
páginas Web oficiales (OMS, OPS, políticas públicas, documentos
gubernamentales) fueron seleccionados y se utilizaron para la revisión.
1. Actividad física (AF)
La AF es un determinante
fundamental en un EVS, ya que trae múltiples beneficios para la persona.
Se ha demostrado la importancia de
la AF en el desarrollo y crecimiento de los niños, debido a la disminución de
los factores de riesgo (6), y por la forma como establece hábitos de vida
saludables, los cuales son interpretados como factores protectores. Los
patrones de vida adquiridos en edades tempranas tienen influencia en los
hábitos y EV de la edad adulta, reduciendo las probabilidades de sufrir
enfermedades (7).
La niñez es un periodo que se
caracteriza por ser activo, puesto que la ocupación de los niños es el juego
(7). Luego, en el cambio de la educación primaria a la secundaria, se da un
momento crucial, ya que por las diferentes influencias y por la transición a la
adolescencia se vuelven sedentarios.
Posteriormente, en la juventud los
niveles de AF disminuyen en mayor medida, por lo tanto si en esta etapa no se
logran instaurar hábitos de práctica regular de AF, probablemente será un individuo
sedentario por el resto de su vida (8).
Al hablar de los jóvenes
universitarios, es relevante conocer sus comportamientos, ya que varían de
acuerdo a las diferentes personalidades, al estatus socio-económico, las
preferencias y la organización del uso del tiempo libre, a la influencia de los
medios de comunicación, de las amistades y de los familiares; determinando así
el EV que adoptan (9). Es por esto que en las universidades se ha visto la
necesidad de propiciar espacios para promover la AF, por medio de la
participación en los grupos deportivos institucionales, en competencias
internas e ínter-universitarias, becas deportivas, de tal manera que se oriente
el uso del tiempo libre hacia actividades de este tipo.
Estos niveles de sedentarismo
acentuados en el período universitario, se atribuyen a la disminución del
tiempo libre, la continuidad de los hábitos sedentarios instaurados desde el
colegio y la niñez, y especialmente por la influencia social y de los pares,
los cuales la mayoría de veces cuestionan las prácticas físico-deportivas
ejerciendo presión para generar el abandono de las mismas (10). Así, resulta
clara la necesidad de instaurar la promoción de AF dentro de los EV de la
sociedad y esto se debe al reconocimiento del sedentarismo como un problema de
salud pública (11).
Actualmente se ha demostrado la
relación del sedentarismo con las ECNT como la diabetes tipo 2, la enfermedad
cardiovascular (ECV) (12), la osteoporosis y algunos tipos de cáncer (13), así
como consecuencias en otros niveles (14, 15). Esto llevó a que la inactividad
física ocupe uno de los 10 primeros puestos a nivel mundial en morbilidad y
mortalidad (12, 14, 16).
Este fenómeno del sedentarismo que
va aumentando en gran medida, se atribuye a las facilidades existentes gracias
a la tecnología. La modernización ha cambiado el medio ambiente en el que se
desenvuelve el ser humano y por ende sus EV, llevándolo a ser más pasivo y
consumista. Se ha establecido la relación entre la disminución de la AF y el
aumento de la edad (17).
Hay que reconocer el impacto que
tiene la falta de AF, ya que no solo afecta al individuo, sino a la sociedad
entera. Los gastos sanitarios como consecuencia del sedentarismo son
exorbitantes; según el Fondo Financiero Distrital de Salud, en el 2002 se
emplearon aproximadamente 15 mil millones de pesos anuales para mitigar los
efectos de la inactividad física (12).
Por otra parte, existen barreras en
la realización de AF, como lo son: la falta de tiempo, el tabaquismo, la
composición corporal, la falta de equipos, vías de acceso, la inseguridad y la
televisión (18). Al igual que las barreras también existen motivaciones para
realizar AF, las cuales son determinantes en la ejecución, frecuencia y buen
desempeño de la misma, ya que regulan la energía, la emoción, la dirección y la
magnitud empleada para llevar a cabo dichas conductas (16).
En la infancia el gusto por la AF
radica en el juego, en la interrelación con otros niños, en desarrollar
habilidades, complacer y enorgullecer a sus padres (8). Posteriormente, en la
adolescencia, se direcciona hacia los gustos y preferencias, la moda, la
obligación de las clases de educación física y especialmente por la influencia
de los pares y los medios de comunicación (18).
Luego, en la juventud, se presenta
la transición a la educación superior, donde persiste el EV sedentario (16); no
obstante, siguen existiendo motivaciones.
Determinantes de los estilos de
vida y su implicación en la salud de jóvenes universitarios para realizar AF
(19) como lo son las capacidades personales, la competencia, la aventura, la
forma física, la imagen personal, el bienestar propio, la influencia de
familiares, amigos y la salud (20). En otra instancia, además de las
motivaciones, se encuentran facilitadores en la práctica regular de AF, que
dependen del medio externo, como el entorno social, los espacios
disponibles en colegios, universidades y barrios (18).
Después de mencionar las
consecuencias de llevar un EV sedentario y la problemática social que se genera
a partir de esto, es vital entender la importancia de la AF y sus beneficios
(Tabla 1).
El hecho de caminar una hora
semanalmente reduce en un 50% el riesgo de padecer una enfermedad coronaria
(22). En 2010 (23) se demostró que la AF junto con factores dietéticos están
asociados con la longitud de los telómeros leucocitarios (región del ADN
situada en un extremo del cromosoma, que lo protege de ser destruido, éstos se
van desgastando con cada réplica celular, acortándose con el paso del tiempo)
(24), lo cual explica por qué la dieta y la composición corporal disminuyen el
riesgo de desarrollar diabetes tipo 2, ECV y diferentes tipos de cáncer (14).
Es decir, que los individuos que son físicamente activos durante su tiempo
libre pueden mantener su juventud biológica por más tiempo.
Es claro que el gasto calórico y el
tiempo total de AF se asocian directamente con la reducción de la incidencia de
morbilidad y mortalidad cardiovascular, pero para lograr estos beneficios,
dicho gasto debe ser mínimo de 200-250 kcal/día o de 800-1200 kcal/semana (18,
14). Actualmente se sabe que para mantener una buena salud se deben realizar
como mínimo 30 minutos de AF aeróbica moderada, al menos 5 días/semana (d/s).
En el caso de AF vigorosa, 20 minutos al día al menos 3 d/s y complementarla con
ejercicio de resistencia muscular de 2 a 3 d/s con intensidad del 40 al 60% de
la RM (Repetición Máxima), ejercicios de flexibilidad y de coordinación motriz
(21, 22, 25).
Se han elaborado consensos para las
diversas poblaciones, como lo es el ABC de la AF (A: para todos los adultos
saludables, B: para los principiantes y C: para las personas acondicionadas)
(14). Sin embargo, sigue siendo prioridad convertir la AF en un hábito, en la
vida de cualquier persona, por lo que son de mayor importancia las estrategias
masivas que las recomendaciones brindadas.
De acuerdo al panorama planteado
anteriormente, es necesario tomar medidas para combatir los EV sedentarios, por
lo que se han creado diversas estrategias en el tema de actividad física. Se
han establecido directrices en cuanto a los objetivos en AF a nivel mundial
(Carta de Ottawa, Salud para todos en el año 2000) (26): aumentar las prácticas
de ejercicio con intensidad de leve a moderada, un mínimo de 30 minutos por
sesión, preferiblemente a diario, iniciativa que se retomó con La Carta de
Toronto para la AF: Un llamado Global para la acción 2010 (27), donde se
plantearon 4 lineamientos puntuales: 1) Implementar una política nacional y un
plan de acción, 2) introducir políticas que apoyen la AF, 3) reorientar los
servicios y la financiación para dar prioridad a la AF y 4) desarrollar
alianzas para la acción. En países industrializados como EE.UU. se han definido
como prioridad los programas de ejercicio físico preventivo, ya que han
demostrado mejor costo-efectividad que las intervenciones clínicas (18); en
Canadá se promueve la salud preventiva, involucrando activamente a los
profesionales de la salud quienes recomiendan buenos HA, hacer AF, tener un
bajo CTA y evitar el consumo de sustancias psicoactivas (3).
Se ha afirmado que es más
importante la cantidad de AF, que la manera en que se lleva a cabo, ya que sus
beneficios son directamente proporcionales al volumen de la misma (22). Esta
actividad se puede acumular durante el día, realizando períodos cortos de
ejercicio hasta completar los 30 minutos. No obstante, es necesario tratar la
AF técnica y científicamente, es decir, indicar la intensidad, tipo, modo,
duración y frecuencia, al igual que la preparación pre y post-ejercicio, para
evitar posibles lesiones y complicaciones indeseables (18).
En Colombia el plan nacional de
salud pública incluye en sus objetivos aumentar por encima del 26% la
realización de AF global en adolescentes entre los 13 y los 17 años, además de
aumentar por encima del 42,6% la AF mínima en adultos entre los 18 y los 64
años (28).
El tener un EV activo en
universitarios es un componente valioso en la promoción de la salud. Por tal
motivo se han creado estrategias dirigidas a este segmento poblacional, un
ejemplo de esto es la Guía para Universidades Saludables de Chile, cuya
finalidad es promover cambios en la situación de salud del país a través de las
generaciones de estudiantes, que egresan de estas instituciones, y así fomentar
cambios a favor del bienestar y la salud en las entidades y comunidades en las
que trabajarán futuramente (29). De igual forma en Bogotá por medio del
programa “Bogotá más Activa”, se pretende impulsar la práctica del deporte, la
recreación y la AF en las universidades; implementando la Política Pública de
Deporte, Recreación y Actividad Física para Bogotá 2009-2019, como una
oportunidad del sistema educativo para fortalecer los hábitos saludables, y
para que cuando estos profesionales se vinculen laboralmente sean promotores e
impulsen decisiones organizacionales que fortalezcan estas prácticas en el
ámbito laboral (3, 30).
2. Hábitos alimenticios (HA)
La creación de HA en la población
juvenil es uno de los determinantes del estilo de vida que se va adquiriendo
desde la infancia, además empieza a ser influenciado por varios factores como
lo son la cultura, las costumbres y el ambiente en el que se desenvuelve cada
persona. Desde la infancia se inicia con la adopción de HA, los cuales
condicionan las etapas de desarrollo posteriores (31). Sin embargo, cuando el
individuo ingresa a otros ciclos vitales más vulnerables como lo son la
adolescencia y la juventud, empiezan a aparecer cambios en los hábitos ya
establecidos, lo que da espacio a la modificación de su EV. Además, se
encuentra la influencia de los medios de comunicación en las personas, la cual
puede ser positiva o negativa al momento de tomar decisiones frente al consumo
de alimentos, conduciéndolas a adquirir trastornos alimenticios (31).
Es de gran importancia recalcar que
el éxito del crecimiento se basa principalmente en una buena alimentación, para
esto es necesario conocer las directrices que van encaminadas a tener una
nutrición adecuada por medio de la pirámide nutricional (32). Esta representa
una alimentación balanceada que garantiza el aporte suficiente de energía,
además de nutrientes y aquellas sustancias que son fundamentales para el
bienestar de cada organismo (32).
Cuando no se lleva una alimentación
balanceada, se pueden producir alteraciones que resultan nocivas para la salud,
conduciendo a posibles enfermedades con consecuencias tanto físicas como
psicológicas, causando problemas que podrían ser irreversibles. Dentro de estos
trastornos encontramos el sobrepeso, la obesidad, la anorexia y la bulimia,
estas dos últimas, caracterizadas por ser patologías propias de la sociedad
contemporánea, y prevalentes en la población juvenil, debido a su expansión
territorial y a su relación con algunos rasgos culturales (33).
Por otra parte, el sobrepeso y la
obesidad, se constituyen en un problema de salud pública a nivel mundial;
debido a los cambios en los HA: el aumento en el consumo de comidas con grasas
saturadas, consumo de bebidas gaseosas, disminución en el consumo de frutas y
vegetales, sumado al hecho de llevar un EV sedentario (34). En Colombia, según
la ENSIN de 2010, en la población de 5-17 años de edad la prevalencia de sobrepeso
y obesidad es del 17,5% en todo el país, con mayor prevalencia en Bogotá con un
21% (35). Es importante resaltar que este tipo de patologías continúan en
aumento y actualmente se están convirtiendo en uno de los problemas de salud
pública, los cuales generan ECV y metabólicas que disminuyen la calidad de vida
de la población (34).
La aparición de este tipo de
enfermedades pueden ser prevenibles, si se determinan cuáles son los factores
causales que se pueden modificar, lo cual es complejo de determinar
especialmente en la población universitaria. En Bogotá (Colombia), se realizó
un estudio, en el cual se aplicó una encuesta virtual a varios estudiantes
universitarios, que entre otros resultados arrojó que el 95% de esta población
tiene un consumo alto de azúcares y alimentos procesados en la dieta en general
(36).
Cada uno de estos hallazgos, es
soportado por la literatura donde se sugiere que las modificaciones del gusto
respecto al consumo y preferencia de ciertos alimentos, pueden estar
influenciados por EV poco saludable (37), o muchas veces es debido a la falta
de información nutricional de los estudiantes, lo cual es referido por ellos
mismos (36).
Igualmente, el aspecto
socioeconómico es un factor que influye en la mayoría de los estudiantes universitarios,
puesto que su principal interés es obtener alimentos económicos, que involucren
un menor tiempo de preparación y consumo, como lo son los alimentos procesados,
que poseen altos niveles de grasas saturadas. Este impacto económico es
relevante debido a las discrepancias existentes dentro de los estratos, ya que
en los más bajos hay un mayor consumo de frutas y vegetales y a su vez un menor
consumo de alimentos ricos en grasas saturadas, situación opuesta a lo
observado en estratos altos. Como hallazgo positivo, se encontró que los
estudiantes tienen la posibilidad de consumir el desayuno como parte de su
rutina cotidiana, disminuyendo los índices de sobrepeso, obesidad y bajo peso
(38).
La creación de malos HA en un
universitario no solo se basa en la educación en casa, sino también en la
influencia de la cultura y el rol social que desempeña, ya que su tiempo
empieza a reducirse, dándole menor importancia a la alimentación (4). En un
estudio realizado en México, se encontró que la población universitaria hace
uso de prácticas poco saludables en un 71,8% haciendo referencia al consumo
diario de comidas rápidas, de bebidas gaseosas, de productos para subir o bajar
de peso, además de realizar dietas sin supervisión médica; sin embargo, se
encontró también que el 91,9% de los estudiantes adoptan otras prácticas
alimenticias más saludables como el consumo de proteínas casi diario, no comer
en exceso, no vomitar, ni tomar laxantes después de comer, consumir
harinas y cereales todos los días, no omitir ninguna comida del día, además de
consumir frutas y verduras a diario (4).
Por tal motivo, para la creación de
buenos HA es necesario tener en cuenta los determinantes sociales, ya que son
altamente importantes en todo el campo de la promoción de la salud y se
encuentran directamente relacionados con el comportamiento; además de estar
influenciados por los actores sociales, llevando a deteriorar o mejorar la
calidad de vida del joven (39).
Por esto, es relevante la
participación activa de profesionales de la salud, entes políticos y
principalmente los jóvenes, ya que las consecuencias de que la población
universitaria continúe llevando una alimentación poco saludable pueden
traducirse en el aumento de las ECNT. Por ende, se han creado proyectos que
involucran estrategias integradas de promoción de EVS, como el caso de
Universidades Saludables de México (40), en el cual, con la participación de
directivas y estudiantes, se originaron acciones en pro de la salud, haciendo
campañas de sensibilización para beneficio de esta población, impulsando el
consumo de frutas y verduras por medio de la educación en los hogares, haciendo
énfasis en los beneficios y ventajas que trae el consumo regular de este tipo
de alimentos (41). La creación de buenos HA es una herramienta fundamental para
la construcción del EV en los jóvenes universitarios, ya que si se inicia con
una alimentación sana es más fácil modificar los factores alternos que afectan
el EV.
3. Consumo de tabaco y alcohol
(CTA)
Los diferentes cambios sociales que
se han presentado en las últimas décadas, se han relacionado con las
modificaciones en las costumbres sociales, las crisis económicas, la
globalización, la pérdida de valores, las cuales han afectado la vida de las
personas, interviniendo en el consumo de sustancias que pueden resultar nocivas
para la salud (42). El CTA se ha caracterizado por ser una costumbre ligada al
género masculino, sin embargo se ha sumado el género femenino con las
transformaciones sociales, al igual que la población adolescente (1). De igual
manera, la juventud se desarrolla en un ambiente donde se promueve el consumo,
convirtiéndolo en uno de los factores determinantes del EV, lo que incide en
los procesos de identificación y construcción del yo (1). Además, de crecer en
un entorno con mayor independencia económica que les permite entrar y
pertenecer a una sociedad de consumo (42).
A partir del siglo XX, el consumo
de drogas inicia en edades más tempranas y puede considerarse como parte del
proceso de desarrollo y socialización de la adolescencia (1). En el mundo se ha
venido presentando un incremento en el CTA, con mayor incidencia entre los 12 y
los 17 años. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), en el 2002 una
tercera parte de la población mundial adulta fuma y 1 de cada 5 adolescentes es
fumador. Situación que se ha incrementado con los años, ya que según lo reporta
esta misma organización, entre el 2000 y el 2010, el rango de consumo en
adolescentes varones se proyectó de 2,7 hasta 65,8% entre los 158 países
encuestados, aunque el aumento se hace más rápido en los países de bajos y
medianos ingresos (43).
En relación al consumo de alcohol
en los países industrializados de América, hay un elevado consumo per cápita
(9,3 L de alcohol puro para personas de 15 años de edad o más). En los países
en vías de desarrollo con bajas tasas de mortalidad, el consumo es muy similar
al de los países desarrollados (9,0 L de alcohol). Y en países en vías de
desarrollo con altas tasas de mortalidad, el consumo promedio es menor (5,1 L
de alcohol) (44). En América el alcohol supera al tabaquismo como el factor de
riesgo más importante para la carga de morbilidad (44).
En Colombia, el alcohol hace parte
de la vida y el entorno social, debido a que muchas actividades
de recreación están mediadas por el
mismo (45), puesto que es considerada como la primera droga que consumen los
adolescentes, y es un factor predisponente para el consumo de otras sustancias
(1, 46). Tunja, Bogotá, Medellín y Manizales son las ciudades de Colombia que
tienen mayor prevalencia de consumo de alcohol en jóvenes, con mayor predominio
en los estudiantes universitarios. La segunda sustancia psicoactiva de mayor
consumo en los jóvenes entre los 10 y 24 años es el cigarrillo, con mayor
prevalencia en los estudiantes universitarios (47).
Se estima que el 5,4% de todas las
muertes en las Américas en 2002 fueron atribuidas al consumo de alcohol, en
comparación con la cifra mundial de 3,7% (44). Así mismo, está relacionado con
más de 60 condiciones de salud (44), que van desde el consumo excesivo de
alcohol durante el embarazo, a lesiones intencionales, cánceres, bronquitis
crónica, enfisema, trastornos cardiovasculares, enfermedades hepáticas,
alteración en la producción de espermatozoides y condiciones
neuropsiquiátricas, incluyendo la dependencia (48). El alcohol es una sustancia
que afecta al cerebro y a la mayoría de los órganos del cuerpo, y su consumo
también está relacionado con accidentes de tránsito y violencia familiar e
interpersonal (44). Los adolescentes que hoy consumen alcohol de forma crónica
están expuestos a severas alteraciones en la conducta sexual, disminución del
deseo, cambios en la producción de testosterona y hasta hipogonadismo (42).
Con respecto al hábito de fumar, se
han identificado una serie de etapas. La primera de ellas es la etapa
contemplativa, en la cual se forman actitudes y creencias acerca del CT. La
siguiente etapa es la de experimentación, en la cual se incluye el consumo
repetido pero irregular de cigarrillo. La tercera etapa hace referencia al uso
regular del mismo y por último se encuentra la de adicción, en la que se
implica la necesidad fisiológica de consumir nicotina (1).
Dicho fenómeno de adicción del CTA
en los jóvenes se debe principalmente a los comportamientos particulares de
esta época, lo que los hace más propensos a “probar y experimentar”,
justificando esta adicción como la solución a problemas y a la falta de
comunicación con la familia (42). Esto es influenciado por la curiosidad, la
inducción de pares (45), o simplemente lo encuentran como un significado de
conveniencia y aceptación social, de búsqueda de sensaciones, riesgos e
impulsos; al igual que como una estrategia para afrontar las emociones
negativas (49) especialmente en jóvenes con dificultades para expresarse y
tomar contacto con su mundo vivencial (42, 50).
Diferentes estudios han encontrado
que existen algunas características que identifican a los jóvenes que consumen
tabaco y alcohol, como la inseguridad, los bajos estados de ánimo y los
pensamientos negativos; características que van a incrementar las
probabilidades de generar dependencia (46). Por otra parte, la falta de
disponibilidad y supervisión familiar (51) y la presión de los iguales, parecen
estar relacionadas con la tendencia a realizar conductas de riesgo, lo que los
lleva al aislamiento social y a la relación con iguales conflictivos (52).
Además de encontrarse relacionado con las prácticas culturales y de ocio que
son adoptadas por los universitarios (52).
Sin embargo, existen reportes
científicos que demuestran que el consumo moderado de vino (1 o 2 copas al
día), puede ser beneficioso para la salud. Estos beneficios se deben a la
presencia de sustancias como el resveratrol y los flavonoides que actúan como
antioxidantes, disminuyendo la coagulación y brindando un efecto positivo en
las células endoteliales (53). A pesar de esta evidencia, son más los riesgos
asociados al consumo de alcohol, tal y como lo describe la Sociedad Americana
de Cardiología, que ha declarado que el consumo excesivo de alcohol tiene
efectos negativos sobre el sistema cardiovascular, además de ser una sustancia
adictiva, también es la causa de más de 60 enfermedades y genera unas tasas de mortalidad
y discapacidad equivalentes a las que se producen con el tabaco y la
hipertensión arterial (54).
Teniendo en cuenta la problemática
que implica el CTA, se han planteado diversas estrategias a nivel nacional y
mundial que tienen como objetivo principal que los jóvenes empleen de manera
adecuado su tiempo libre y promocionar los espacios libres alcohol y humo de
tabaco. Una de las primeras intervenciones antitabaco a nivel mundial, es el
documento firmado en 1998 por las principales empresas tabacaleras, denominado
“Tobacco Master Settlement Agreement, MSA”, en el que se comprometen a no realizar
ningún tipo de publicidad o acción de marketing de forma directa o indirecta,
dirigida a los adolescentes, niños o jóvenes (55).
En 2003, el reconocimiento de la
situación mundial de la epidemia de enfermedad y la muerte asociada al tabaco
hizo que 192 estados miembros de la OMS, adoptaran el convenio Marco de la
misma organización para el Control del Tabaco (CMCT). Otra estrategia en la
prevención del tabaquismo, es el modelo de la influencia social, el cual
resalta al ambiente como un factor crítico en el CT. Los principales
componentes en los que se basa el modelo son: informar acerca de los efectos
negativos inmediatos de fumar, transmitir una imagen positiva de los no
fumadores y utilizar al grupo de pares para facilitar el no CT (56).
Por otro lado, una de las más
recientes y exitosas estrategias para reducir el CT, son los programas de
computadora como el “Consider this”. Este es un programa de Internet que se
aplicó en Australia y Estados Unidos a adolescentes, que tiene como objetivo
reducir la susceptibilidad tabáquica (56). En Colombia, según el último informe
de análisis de perfil de salud urbana en Bogotá de la OPS, la administración
distrital busca desde tiempo atrás reducir el CT, por medio de estrategias como
la prohibición de entregas de muestras gratis a menores, vallas, afiches, venta
y consumo en zonas deportivas, culturales, residenciales y cerca a
instituciones educativas. Como también desde el año 2003, el Código de Policía
de Bogotá prohíbe la venta de cigarrillo a los menores de edad, y se adoptó la
prohibición de fumar en espacios públicos cerrados, medida que fue ratificada
por la Ley Antitabaco de junio de 2009 (57).
Con respecto a las estrategias
dirigidas a reducir el consumo de alcohol, la OMS plantea que la mejor solución
es la reducción del acceso al mismo, el aumento de la edad legal para el
consumo y el control sobre las licencias para su venta. A este respecto, en
Colombia se han implementado medidas como la Ley Seca, el control de la venta a
menores, el control del precio de las bebidas alcohólicas y de la publicidad de
las mismas (57). Todas estas medidas se deben combinar con campañas
informativas, programas comunitarios, interacciones constantes con los poderes
públicos (58) y se debe facilitar el acceso de los jóvenes a alternativas más
saludables y actividades recreativas en el tiempo libre (59).
Sin embargo, aunque existen varias
estrategias de intervención a desarrollar en la promoción del EVS, existe un
largo camino por recorrer, ya que existen escenarios que promueven el consumo y
hacen parte del contexto y la rutina de los mismos, como por ejemplo las
excursiones, campamentos, celebraciones deportivas, etc. (50). Es por esto que
se debe realizar una prevención específica, que esté centrada en el
entrenamiento de habilidades sociales y de afrontamiento, puesto que el
problema se encuentra mediado por la etapa del desarrollo en la que se
encuentra, las características de la comunidad y la aceptación cultural del
consumo (60).
DISCUSIÓN
Como se ha nombrado anteriormente y
en diferentes estudios, existe una relación directa entre el hábito de fumar,
el consumo de alcohol, el sedentarismo, la ansiedad y los malos hábitos
alimenticios (2, 37, 61, 62. Así, si juntamos dos o
más de ellos, aumentará aún más el riesgo de padecer ECNT (37, 63, 64). Por
ejemplo, el sobrepeso y la obesidad son problemas que aumentan el riesgo de
padecer diferentes enfermedades (65), los cuales se encuentran asociados
principalmente a malos HA e inactividad física constituyéndose en factor de riesgo
para padecer otras ECNT (38). Además se debe tener en cuenta que en algunos de
los jóvenes universitarios se presenta una inconformidad con el peso corporal,
llevándolos a adoptar conductas que podrían generar la presencia de trastornos
alimenticios como la anorexia y la bulimia (66).
Esta situación, se hace más notoria
cuando se hace referencia al género femenino, ya que las mujeres aunque
reportan al igual que los hombres un bajo consumo de frutas y verduras (65),
tienden a ser más inactivas físicamente (67), desarrollando alguna de las
enfermedades que hacen parte del síndrome metabólico, más rápidamente que los
hombres. Por otro lado, ellas son más saludables por su bajo CTA, sin embargo,
el género masculino sigue llevando la ventaja en el nivel de AF, factor
importante debido a que aunque ellos poseen factores de riesgo tales como malos
HA y CTA regular, tienen la misma o incluso menos probabilidad de sufrir una
ECNT (2).
Otra relación directa que se
evidencia es el CT y los HA. Ya que la nicotina es un alcaloide muy tóxico que
actúa como estimulante ganglionar y depresivo, mediado por la liberación de
catecolaminas (37). Además, la exposición al humo de tabaco se relaciona con
una reducción de la monoamino oxidasa, enzima que se vincula con la función del
estado de ánimo, lo cual puede llevar a efectos en la irregularidad del apetito
o a las diferentes actitudes que se pueden adquirir hacia la comida (37, 63).
Es decir, que la nicotina aumenta el gasto energético, lo que reduce el apetito
(61) y explica por qué los fumadores tienden a consumir mayores cantidades de
embutidos, condimentos, aderezos para ensaladas, bebidas gaseosas y muy pocas
cantidades de verduras y frutas (64).
De igual manera, fumar produce una
modificación en el apetito lo que puede conducir a desarrollar alteraciones en
el peso corporal. Aunque es controvertido el tema, existe evidencia en la que
se demuestra que los fumadores tienden a tener un índice de masa corporal bajo
por el alto gasto de energía y la disminución del apetito. Sin embargo, existe
otra evidencia que demuestra que el fumar lleva a la acumulación de grasa
central, por la modificación que hace la nicotina en el apetito y el tipo de
comida que comienzan a ingerir los fumadores, lo que contribuye al incremento
en la resistencia a la insulina y de esta manera aumenta el riesgo de padecer
síndrome metabólico, diabetes tipo II o una ECV (61).
Con respecto a estas ECV, es
relevante mencionar que son la causa de muerte más frecuente en los países
desarrollados y en algunos en vías de desarrollo, incluido Colombia (12). La
inactividad física, acrecentada por otras costumbres nocivas del EV
contemporáneo (28) (sobrepeso u obesidad, tabaquismo, estrés, mal uso del
tiempo libre, consumo de sustancias psicoactivas), ha generado la que ha sido
llamada “segunda revolución epidemiológica”, que se caracteriza por la
prevalencia y la incidencia de las ECNT sobre las enfermedades infecciosas
agudas (68).
Las afecciones cardíacas, el
cáncer, las enfermedades respiratorias y la diabetes, son las principales
causas de mortalidad en el mundo. La OMS ha identificado que cada año mueren 36
millones de personas por causa de dichas enfermedades (69). Desde el último
reporte en 2005 (ECNT produjeron el 60% de las defunciones), se proyecta que las
defunciones totales por ECNT aumentarán 17% más en los próximos 10 años.
Estas ECNT tienen un gran impacto
económico en los diferentes países que se ven afectados. Por ejemplo, algunos
países solo en la atención brindada contra la diabetes consumen el 15% del
presupuesto nacional dedicado a la salud, lo cual es un porcentaje grande para
una sola enfermedad.
En una investigación del Foro
Económico Mundial y la Universidad de Harvard se estimó que en los siguientes
20 años las ECNT le costarán a la economía mundial más de 30 billones de
dólares, lo que representa el 48% del producto interno bruto (PIB) mundial en
2010 (70).
Estos hechos afectan principalmente
a los países de ingresos bajos y medianos, lo cual justifica la importancia de
tomar acciones de promoción y prevención desde la vida universitaria, teniendo
en cuenta que estas enfermedades son prevenibles mediante la modificación de
los cuatro determinantes del EV que se han discutido: CT, HA, AF y consumo de
alcohol (71).
Esta situación se vuelve aun más
compleja en los jóvenes, ya que la comunicación persuasiva y la “transferencia
de imagen”, influyen en los gustos y en las preferencias de los mismos, puesto
que las grandes compañías en sus campañas publicitarias buscan despertar
estímulos, y experiencias gratificantes ofreciendo en la mayoría de los
anuncios los tres conceptos más atractivos para un adolescente: aventura,
riesgo y ruptura de las normas (55).
Por todo esto, el hacer frente a la
carga mundial de ECNT constituye uno de los principales desafíos del siglo XXI.
Los ministerios de salud de las naciones no pueden transformar la sociedad por
sí solos en la magnitud necesaria para proteger a poblaciones enteras de los
riesgos ya mencionados y fácilmente modificables, que conducen a esas
enfermedades (70, 71).
Finalmente teniendo clara la
perspectiva de las consecuencias del CTA, los malos HA, la falta de AF y su
relación con las ECNT que pueden conducir a sufrir una muerte prematura,
específicamente en la población universitaria, donde se evidencia el mayor
cambio comportamental en estos hábitos, es necesario promover el cambio hacia
la realización regular de AF y la modificación de las costumbres poco
saludables ya mencionadas, permitiendo mitigar efectos, costos e implicaciones
sociales, e impactando en la calidad de vida de cada uno de los individuos.
CONCLUSIÓN
Problemáticas de índole público
como estas, que pueden llevar a un individuo a desarrollar una ECNT, y de
incidencia en edades tan tempranas, son la razón por la cual se ve la necesidad
de trabajar en programas de promoción de EVS que permitan impactar y que tengan
como objetivo la supresión del CTA, la promoción de mejores HA, el buen uso del
tiempo libre y la práctica
de AF. Para generar estos cambios,
se deben crear estrategias tales como: la implementación de materias
obligatorias y electivas, basadas en la práctica de AF en la malla curricular
de las universidades, abrir espacios donde los estudiantes puedan participar en
actividades lúdicas sin costo en su tiempo libre. Por otra parte, es necesario
mejorar la oferta y acceso a alimentos saludables de bajo costo, tanto en la
universidad, como en sus alrededores. Así mismo, también se deben generar
acciones encaminadas a disminuir el CTA, como lo es la creación de campañas que
expongan las consecuencias en la salud que se derivan de este consumo, al igual
que prohibir el CTA en todos los espacios pertenecientes a la universidad.
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LA
EVALUACIÓN DE LA CALIDAD ACADÉMICA Y EL ROL DE LAS CIENCIAS SOCIALES
ACADEMIC QUALITY ASSESSMENT & THE ROLE OF SOCIAL
SCIENCES
Luchino Sívori
Liszewski (Universidad de Tampere)
Resumen El siguiente
artículo analiza la posibilidad de desarrollar un sistema de Evaluación de la
Calidad Científica, basado en el concepto de Ciencias Sociales Públicas como
forma de recuperar el perfil más humanístico y emancipador de dichas
disciplinas.
Palabras clave Universidad,
Ciencias Sociales Públicas, Calidad Científica, Neoliberalismo, Sistemas de
Evaluación, ANECA, Excelencia.
Sumario
1. Introducción
2. Las transformaciones del
rol académico
3. Evaluación de la calidad:
historia y evolución
4. Formulación de un sistema
de evaluación de la calidad universitaria
5. La evaluación de la
calidad en España: una lectura crítica
6. Justificación de una
(re)evaluación de la calidad universitaria y las Ciencias Sociales Públicas
7. Proposiciones para una
evaluación de la calidad universitaria basada en las Ciencias Sociales Públicas
8. Conclusiones
9. Bibliografía
1. Introducción
La denominada “transición
neoliberal” de las universidades españolas comenzada en las décadas de los 80 y
90 está produciendo, entre muchos otros elementos, un nuevo escenario de crisis
en el ámbito de las Humanidades y las Ciencias Sociales. Este escenario
negativo no se limita, sin embargo, a los factores tradicionales de crisis en
la universidad humanística española (por ejemplo, recortes en las partidas
presupuestarias, bolsas de trabajo devaluadas, convergencia de disciplinas, no
reconocimiento oficial de algunos departamentos, exceso de demanda o carencia
de becas). Además, el escenario de conflicto se da hoy en el rol y función que
tienen este tipo de estudios en las sociedades modernas, es decir, sobre qué
papel juegan en la denominada Sociedad de la Información del siglo XXI.
Este proceso (no particular
a las disciplinas sociales pero sí mucho más traumático y conflictivo),
originado por múltiples causas ya estudiadas en la literatura específica
(Pereira, 2011; De Miguel y Apodaca, 2009; González López, 2004; Vázquez Gómez
et al., 1998; Zarazaga et al., 2009; Krüger y Molas, 2009; Rama, 2006), tiene
sin embargo hoy un marco de referencia institucional concreto: las agencias de evaluación
y acreditación educativa, o quality assurance agencies.
Nacidas para evaluar la
“calidad” de la educación y la “excelencia científica” de las universidades,
estas agencias especializadas de la calificación determinan cada vez mas las
“misiones” y “objetivos” de los centros de educación superior del país, así
como también los “niveles de satisfacción” de sus estudiantes (en su jerga,
“clientes”) y la calidad de la investigación de sus departamentos, posicionando
en rankings mundiales aquellos campuses que más se destacan en sus
“competitividades” (Kehm, Huisman y Stensaker, 2009.).
Ambos procesos, hoy
presentes en muchos de los debates educativos del país, son, de acuerdo a
numerosos autores, complementarios en la medida en que aquello que las agencias
han venido evaluando como calidad académica y excelencia científica afectó de
lleno a los contenidos propios de las disciplinas humanísticas y sociales,
modificando sustancialmente sus funciones históricas dentro de la sociedad civil
y la vida política (De Miguel y Apodaca, 2009; González, 2012).
Ante este panorama de
difícil entramado político-institucional, diversos posicionamientos discursivos
han venido delineándose entre los afectados, provocando en muchas ocasiones
intensos debates acerca de qué es lo se evalúa y para qué (Välimaa, 2009;
Evans, 2004). Entre algunos de estas críticas ha predominado una línea de
pensamiento denominada “Universidad Alternativa” – otras maneras de calificarla
han sido “Universidad Comprometida” (Manzano Arrondo, 2011) “Universidad
Popular” (De Sousa Santos, 2006) o “Universidad Altermundista” (Freire, 2000)
–, y su ramificación disciplinaria en las Humanidades y Ciencias Sociales, las
“Ciencias Sociales Públicas” (Burawoy, 2011; Calhoun, 2011; Smith, 2011). Esta
última propone, en respuesta a los sistemas actuales de evaluación de la
calidad, los siguientes postulados para el caso de las disciplinas sociales:
1. La creación de variables e indicadores que
fomenten la independencia de las cátedras de poderes gubernamentales de turno e
intereses empresariales privados;
2. El desarrollo de líneas de investigación no
sólo utilitaristas y empíricas sino también interpretativas, críticas y
emancipadoras, potenciando la coparticipación con la sociedad civil y la
comunidad extra-académica;
3. La construcción de planes educativos acordes
a las necesidades sociales del contexto donde se localiza el centro educativo
(pertinencia); de naturaleza pro-activa (creativa) y no neutrales, sino
manifiestamente ideológicas (ver Galcerán, 2003; Bender, 2011; Sousa Santos,
2010; Freire, 2001; Burawoy, 2011; Lindblom, 2002; Arrondo y Egido, 2008;
Filmus, 1999).
Ya que el grado de
influencia y legitimidad del que gozan las evaluaciones de la calidad es alto
tanto en las propias instituciones educativas como en la esfera pública (al
punto, casi, que aplicarlas parece haberse vuelto una “obligación” por parte de
los Estados), nos proponemos en este artículo analizar la posibilidad de
plasmar un sistema de medición de la calidad académica basado en los conceptos
de Universidad Comprometida/ Ciencias Sociales Públicas, con el objetivo de
materializar operativamente estos postulados y hacerlos viables
institucionalmente.
2. Las transformaciones del rol
académico
Tras las numerosas
normativas aplicadas en el sistema educativo superior en los últimos años, la
universidad española cuenta hoy con tres funciones principales:
1. Una función
formativa/laboral; es decir, dotar de trabajadores profesionales altamente
cualificados al mercado laboral (en inglés, “knowledge labor/workers”).
2. Una función
económica-industrial; o sea, proveer a la industria de productos, bienes y
servicios más eficientes, eficaces y productivos (“knowledge economy”).
3. Una función
creadora/inventiva: en otras palabras, una investigación científica orientada a
la creación e innovación de nuevas industrias, patentes, fórmulas… ligadas a
las TIC y los avances tecnológicos de la nueva economía (I+D+i,“knowledge
society”).
Como puede observarse, estas
funciones del conocimiento científico y la academia universitaria se
encontrarían hoy, al contrario de lo que postulaban en su momento teóricos de
prestigio como Walter Benjamin (1913-1926), Paulo Freire (1970; 1988; 2000),
Noam Chomsky (1967), Jean Paul Sartre (1957), Edward Said (1994) o Michel
Foucault (1971;1980), desligadas casi totalmente de la producción del
conocimiento y cultura para la formación de personas críticas y contestatarias
del status quo; muy por el contrario, educar hoy residiría más bien en formar
personas
para mantener y reproducir el sistema político-económico,
mejorándolo y volviéndolo aún más preciso y eficiente (...) [dotando a los
estudiantes de las herramientas necesarias para volverlos] más competitivos y
eficientes a la hora de insertarse en el mercado laboral (...) siempre exigente
y necesitado, por otra parte, de capital humano innovador para su renovación y
supervivencia (Calhoun, Conferencia Public Social Sciences, Berlín, 2011).
Siguiendo
la línea de esta cita, esta nueva función de la educación superior española – a
diferencia de lo que sucedía antaño, cuando el modelo político/liberal
utilizaba para su retro-alimentación la industrialización de las formas de
trabajo bajo el dominio directo del capital físico – tendría su justificación
político-económica en el hecho de que estamos entrando en una “nueva etapa del
capitalismo industrial”, denominado por algunos Sociedad del Conocimiento,
basada, fundamentalmente, en utilizar el capital intelectual de las universidad
espera conseguir mayores y mejores resultados económicos, así como también
administrativos y políticos (Castells, 2009; Välimaa, 2009).
Este
nuevo modelo, según los historiadores inaugurado a fines de la Guerra Fría en
Occidente, relocalizaría a la Academia occidental, en alianza con un
neoliberalismo en lo económico y una tecnocracia en lo político, en una nueva
esfera espacial dentro de la sociedad: la del “agente productor de mano de obra
cualificada para la economía nacional” (Kehm et al., 2009; Zaloznik y Gaspard,
2011); en otras palabras, en la “fábrica” de futuros empleados dotados de
conocimientos técnicos para llevar a cabo el trabajo asalariado de forma más
eficiente y eficaz.
Alejada
así de los conceptos educativos de anteriores épocas como emancipación
educacional (De Sousa, 2010), discurso crítico (Said, 1994), compromiso
político (Freire, 1970) y/o intelectualidad pública (Deleuze, 1953), la
universidad europea, y por consiguiente la española, se acercarían así poco a
poco al trinomio elaborado por la Declaración de Berlín1 y la Comisión Europea
del F-7 para el nuevo siglo, que postula, entre sus prioridades educativas,
promocionar y fortalecer la Triple Hélice
del conocimiento terciario: Universidad-Empresa-Estado, fortaleciendo los lazos
entre ellos y potenciando la participación de la academia en el tejido
industrial nacional de cada país miembro (Declaración de Berlín, 2003; Declaración
de Bergen, 2005).
De
esta manera, los términos una y mil veces repetidos por políticos y gestores de
“eficiencia educativa”, “competitividad”, “excelencia”, “calidad” y
“eficacia” – términos todos ellos
provenientes del mundo empresarial y de los primeros sistemas de calidad ISO
aplicados a las compañías privadas japonesas y norteamericanas en la década de
los 50 (González López, 2004) – significarían hoy respectivamente: financiación
selectiva según criterios económicos de coste/beneficio (para la universidad,
el departamento, la editorial o el financiador del estudio o publicación);
competencia y rivalidad (entre universidades, facultades, centros de
investigación...): resultados visibles e inmediatos (es decir, búsqueda de
prestigio a través de la mass-mediatización y tangibilidad de las
investigaciones); productividad comercial e industrial y, finalmente,
privatización y comercialización (del acceso, producción, uso y divulgación del
conocimiento académico) (Wright, 2012; Servaes, 2012).
3. Evaluación de la
calidad: historia y evolución
Si
bien estos conceptos “neoliberales” de la educación terciaria se vienen
desarrollando desde antes de la implementación generalizada en nuestro país de
los sistemas de calidad y excelencia académica, los mismos han sido en la
última década claves para fomentarlos de forma sistemática y orgánica dentro
mismo de las instituciones educativas. Produciendo nuevos marcos
legales-normativos gracias a su gran influencia en los altos cargos de las
carteras educativas de Bruselas y Madrid – un resultado producto de una gran
estrategia de lobby llevado a cabo por firmas editoriales multinacionales,
agencias privadas de calificación, fondos de inversión ligados al I+D
internacional, grupos farmacéuticos y toda una suerte de agentes muchas veces
desligados del mundo universitario tradicional – se convirtieron con el tiempo
también (mass-mediatización mediante) en una imposición cultural por parte de
la sociedad y la clase política hacia los centros educativos del país,
generalmente en la educación secundaria y terciaria.
Una
vez convertidos en una “semi-obligación” en todos los centros de educación
superior del país y la UE, estas evaluaciones se volvieron “sellos de
distinción” para las universidades, al punto de que muchos de ellas convierten
sus puntos fuertes en formas de atraer futuros estudiantes e investigadores. De
esta manera, las evaluaciones sirven – hoy más que nunca – no sólo para
distinguirse del resto y así elevar su caché, sino también para atraer fuentes
de financiación alternativas, ya sean éstas provenientes del mundo empresarial,
el tercer sector o las fundaciones filantrópicas (Calhoun, 2009).
Si
nos adentramos en la literatura específica de estas evaluaciones, se puede
observar que su nacimiento se inspiró en los sistemas de calidad del mundo
empresarial privado, más específicamente los pertenecientes a los Premios
corporativos a la mejor gestión privada Deming (Japón), el Baldrige (EEUU) y
los sucesivos sellos de calidad ISO 9000, 9001, etc., así como también en los
Europeos EFQM (European Foundation for Quality Management) y EOQ (European
Organization for Quality). Los objetivos generales que se persiguieron en la
mayoría de los países occidentales fueron, básicamente, dos (Ministerio de
Educación y Cultura, 1997; Proyecto Tuning Educational Structures in Europe,
2000):
1.
Lograr la satisfacción de los distintos usuarios y agentes del servicio
educativo: alumnos, profesores, administración.
2.
Mejorar los tres mecanismos principales del servicio educativo a nivel
secundario y terciario: la gestión, los recursos y los procesos.
Con
respecto a los motivos por los cuales se optaba por estos mecanismos de
evaluación en la UE, la Comisión Europea y otros organismos vinculados a su
implantación en los Estados miembros destacaron a finales de los 90 los
siguientes (Tejedor, 1997):
·
- Desarrollo de la competitividad económica y tecnológica de las universidades nacionales.
- Homogeneización de la calidad en los servicios prestados a nivel europeo.
- Nivelación curricular en los empleados y docentes universitarios.
- Optimización de los mecanismos de coste-eficiencia
- Mejora en la gestión y administración.
- Rendición de cuentas a cambio de mayor autonomía del centro.
Las evaluaciones deben ser tenidas cada vez más en cuenta a
la hora de aplicar cambios en las políticas presupuestarias universitarias, así
como también en el número de plazas docentes, cursos, etc... Los resultados de
las evaluaciones deben formar parte en un futuro de un sistema conjunto de
almacenamiento de la información para posibilitar juicios y facilitar la toma
de decisiones a nivel institucional y gubernamental. Cada país miembro debería
considerar la posibilidad de estructurar un proceso continuo de evaluación de
la productividad de los estudiantes, sus principales usuarios. La evaluación de
la calidad universitaria tiene que fomentar poco a poco una cultura de
diagnosticación interna, como sean la recogida de datos, trasvase de la
información inter-institucional, etc... Se debe incentivar cada vez más
intensamente la actualización constante de los planes de estudio y cátedras,
así como también del trinomio enseñanza- investigación-extensión universitaria
en correlación al “proyecto socio-político” de la universidad. (Guía de
Evaluación, 1994-1995).
Como
era de esperar, estos elementos se fueron afinando cada vez más con el tiempo,
mediante programas pilotos y ensayos que se iban aplicando poco a poco en los
distintos miembros de la comunidad económica. Un ejemplo importante de estas
pruebas fue el denominado Proyecto Piloto Europeo de Evaluación de la Calidad
de la Enseñanza Superior (1994- 1995), que procuró homogeneizar todas las
evaluaciones que se estaban explorando a través de una Guía de Evaluación.
Entre algunas de los “consejos generales” de esta guía, cabe destacar los
siguientes:
Con
estos guías y consejos, la UE se iba asegurando un papel cada vez más
importante en la formulación de los programas de evaluación de la calidad de
las universidades Europeas, argumentando en su momento que, si se seguían los
pasos y consejos redactados por sus diferentes organismos comunitarios, la
evaluación sistemática de la calidad de la educación superior aseguraría la
excelencia en cada país en todos aquellas áreas fundamentales de la
universidad, a saber: la docencia, los estudiantes, el currículo académico, la
investigación, el personal administrativo, los recursos materiales (por
ejemplo, las bibliotecas) y el proyecto institucional (Vieira Pereira, 1997).
4. Formulación de un
sistema de evaluación de la calidad universitaria
Para
lograr estos objetivos, los distintos gestores de la educación de los países
miembros desarrollaron todo tipo de mecanismos diferentes (i.e: entrevistas,
evaluaciones internas, uso de variables cuantitativas, estadísticas, modelos de
ecuaciones estructurales...); a día de hoy, sin embargo, tres son las
metodologías principales comunes a casi todos los países de la UE, a saber
(Pereira, 2011):
1.
La auto-evaluación (misma institución y a través de sus propios agentes
implicados) y la evaluación externa (vía comité de expertos externos) a nivel
institucional.
2.
Acreditación (funcionariado, planes de estudio, masters oficiales, campus de
excelencia...)
3.
Ranking de universidades.
Todos
estas metodologías proporcionan en la actualidad, de forma complementaria y
entrecruzada, los datos estadísticos cualitativos y cuantitativos para la
supuesta futura toma de decisiones, teniendo como horizonte, según diversos
autores, un “examen global, sistemático y regular en base a objetivos
científicos y objetivos” (Lera y López Martínez, 2001; Gordón, 2012).
Los
ejes entre los cuales se dividiría esta triple evaluación son, en la mayoría de
los casos, las cinco esferas principales de la educación terciaria, a saber: la
docencia, los estudiantes, la gestión administrativa, la investigación y los
planes de extensión universitaria (Pereira, 2011). Los casos de los estudiantes
(denominados en la literatura específica “usuarios” o “clientes”) y la
Extensión universitaria (programas extra-curriculares de conexión con la
sociedad) han sido los últimos en agregarse a la lista, siguiendo en el caso
del primero un mecanismo de evaluación totalmente diferente al practicado en el
resto.
Finalmente,
toda esta información se recoge mediante indicadores cuantitativos y
cualitativos, conocidos también como variables o criterios (Gómez et al.,
1998). Estos instrumentos sirven, pues, para obtener la información de forma
sistematizada, organizándola y re-interpretándola luego según los objetivos
trazados por cada universidad y/o ministerio. El objetivo formal de tales
indicadores radica en medir “el grado de consecución de los objetivos
perseguidos”, generalmente inscritos en los planes estratégicos o
“contratos-programa” de las universidades. A su vez, como afirma el profesor y
evaluador Alfredo Morales, los indicadores también “visibilizan cuestiones
ocultas o desconocidas de un factor concreto”, como puedan ser la salud del
sistema empleado hasta la fecha, la evolución de los profesores o el grado de
satisfacción de los estudiantes para con los servicios prestados por la
facultad. Sin embargo, según algunos autores estudiosos de la materia, estos
instrumentos aparentemente objetivos y técnicos pueden dar lugar a malos usos,
como puedan ser su tergiversación para el aumento de presupuestos
departamentales, para justificar la suspensión de cátedras, o la extensión de
programas académicos (González López, 2004).
Cabe
mencionar, por último, que la utilización de los indicadores de calidad
universitaria se da a través de la comparación, es decir, a través de
estándares y/o referencias antes pautadas por la universidad y las agencias; de
esta manera, se puede afirmar que no hay medición de la calidad sin antes
trazar un horizonte a conseguir, ya sea por aproximación (grados de evolución,
progreso) o consecución (resultados). En cualquier caso, los indicadores deben,
de acuerdo a los distintos autores estudiosos de la materia, ser capaces de
resolver y/o mejorar la comprensión general y específica de los fenómenos
tratados, ya sean estos procesos, curriculum, valoraciones de estudiantes,
gestión o performance de los docentes (González López, 2004).
5. La evaluación de
la calidad en España: una lectura crítica
A
pesar de los avances y diferencias entre los distintos sistemas de evaluación
de la calidad aplicados en nuestro país en el curso de la última década y
media, como sean los sistemas de acreditación (programas ACADEMIA,
DOCENTIA...), de evaluación de la calidad institucional (programas PNECU, PCU,
AUDIT) o los rankings universitarios (SCImago, FCyD...) dos son los
posicionamientos generales que se han desarrollado en la mayoría de los casos
cuando de criterios a implementar se trató:
1.
El posicionamiento intra-académico puro: es decir, aquél basado en el concepto
tradicional de “rigor científico” (profesionalidad de los docentes e
investigadores / nivel de especialización de la disciplina / capacidad de
precisión y eficacia investigadora), donde se priorizan fundamentalmente dos
tipos de baremos: los mismos académicos y científicos, por un lado, y las
grandes editoriales/laboratorios especializados, por el otro.
Así,
sus principales formas de evaluación y control son: las publicaciones en
revistas indexadas basadas en peer-reviews, el número de veces que el autor es
citado (análisis bibliométrico), el número de peer-esteem que posee el
candidato; participaciones en congresos de prestigio internacional... [Visión Humanista
tradicional]
2.
El posicionamiento utilitarista cientificista: O sea, aquélla visión
“economicista” y cuantitativa que justifica la excelencia académica a través de
variables estrictamente “de mercado”, como sean: los aportes a la economía
industrial-productiva nacional, los mecanismos de knowledge transfers
utilizados, el número de patentes producidas y vendidas, la cantidad de firmas
spin-offs, los emprendimientos llevados a cabo con empresas privadas... [Visión
Neoliberal].
La
causa de esta división entre dos visiones aparentemente disímiles con respecto
a la evaluación de la calidad en las universidades españolas pudo venir dada, a
nuestro entender, de un solapamiento de instituciones evaluadoras nacionales e
internacionales, además de una tendencia general en el mundo occidental
(denominada “convergencia de la evaluación de la calidad”) y, sobretodo, a
nivel de la zona Euro. Y es que en el caso de España se vivió – y aún se vive –
una suerte de “entremedio” en el articulado de las políticas evaluadoras de la
excelencia académica, ya que como ya se sabe su sistema de Educación Superior
se encuentra inmerso, primero, en el marco educativo común de la UE, al que se
conoce como Plan Bolonia, en segundo lugar, en las circunscripciones de régimen
nacional/estatal – al Ministerio de Cultura y Deporte – y, finalmente, a la
normativa de las Comunidades Autónomas con poder de decisión en materia
educativa –3. Así, pues, la formulación de la evaluación de la calidad
académica quedó inserta desde el principio en tres diferentes niveles
político-institucionales, afectando a pesar de sus similitudes convergentes los
posicionamientos generales:
1er
nivel: Consejo de Universidades y Secretaría General del Consejo de
Universidades, dependientes del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte;
2do
nivel: Agencias Autonómicas para la Calidad Universitaria en las Comunidades
Autónomas;
3er
nivel: Comisiones de Evaluación, Comités de Autoevaluación y Comités de
Evaluación Externa, dependientes del Consejo de Universidades (Sabiote y Pérez,
2003).
Con
respecto a los indicadores desarrollados por estas comisiones y consejos,
podemos afirmar que han sido, en términos generales, muy similares a los
empleados por la Education at a Glance de la OCDE, así como también a los de la
European Association for Quality Assurance in Higher Education (ENQA) de la UE,
y los de la Research Assessment Exercise de Gran Bretaña, por citar sólo unos
ejemplos4. Al igual que todas ellas, el objetivo estratégico principal que
buscaban conseguir los indicadores españoles fue el de:
Evaluar
la Calidad en las universidades españolas (…) Discrimina[ndo] aquéllas
consideradas las mejores en materia de investigación y de docencia (…)
Conoc[iendo] la eficiencia y eficacia de las investigaciones desarrolladas en
el país5 (ANECA, 2011).
Respecto
a las variables utilizadas para conseguir este objetivo, primeramente se
dividieron las evaluaciones en tres áreas de análisis:
Evaluación de la Calidad Institucional: Programa
Experimental de Evaluación de la Calidad del Sistema Universitario; Proyecto
Piloto Europeo de Evaluación de la Calidad de la Enseñanza Superior; Plan
Nacional de Evaluación de la Calidad de las Universidades (PNECU; 1996-2000);
Plan de Calidad de las Universidades (PCU; 2001-2006) y diversos planes en las
CCAA.
Acreditación:
Programas ACADEMIA, DOCENTIA, AUDIT, etc... de la agencia estatal ANECA, que
según numerosos autores está reemplazando poco a poco a los anteriores (De
Miguel, 2004; Morales, 2012; Gordón, 2012).
Rankings: Del
Instituto de Análisis Industrial y Financiero (IAIF) de la Universidad
Complutense de Madrid; Fundación Conocimiento y Desarrollo; Diario El Mundo –
50 carreras; Buel – Casal et al., 2008...
Para
las primeras dos áreas de estudio, Calidad Institucional y Acreditación, los
indicadores en general (Resolución 23/11/2011, Ministerio de Educación, Cultura
y Deporte; Chacón et al. 2001; Cabrejos, 2006; Pascual Barrio, 2006; ACECAU,
2010) han sido los siguientes en nuestro país6:
1. Indicadores institucionales (Excelencia,
Global Campus)
•
Número de carreras que se imparten
•
Número de docentes por 100 estudiantes
•
Número de libros en biblioteca por estudiante
•
Número de docentes mujeres sobre total docentes
• %
de estudiantes que terminan la carrera en los años justos
•
Títulos de Doctor extendidos en el año por 1000 estudiantes
•
Alumnos y docentes ganadores de Premios Nóbel
•
Inversión media por alumno
•
Disponibilidad de recursos tecnológicos
•
Eficiencia espacial/grado de equidad en la distribución
•
Provisión del equipamiento técnico-material
•
Estrategias de atención a la diversidad, seguimiento y evaluación de los
alumnos
•
Uso/número de ordenadores por alumno
2. Indicadores de acreditación (Docencia,
Sexenios...)
•
Artículos publicados en revistas indexadas (The Science Citation
Index-Institute for Scientific Information, ERIH, INRECS, LATINDEX, SCOPUS…)
•
Libros o capítulos de libros publicados en editoriales de prestigio.
•
Número de traducciones, impresiones, etc... de las publicaciones hechas.
•
Número de investigaciones I+D financiadas por la UE, el MEC...
•
Número de citas recibidas (peer-esteem).
•
Número de participaciones en congresos internacionales.
•
Estancias en el extranjero.
•
Docencia en Tercer Ciclo y variabilidad en las asignaturas dadas.
•
Gestión docente: organización y coordinación de clases, tutorías y prácticas
externas (planificación); Métodos de enseñanza y de evaluación (desarrollo).
•
Adecuación, eficiencia, innovación y satisfacción del alumnado (resultados).
Con
respecto a los indicadores de los rankings universitarios, llevados a cabo por
firmas en su mayoría privadas, se pueden enumerar las siguientes (Krüger y
Molas, 2010):
3. Indicadores relativos a los rankings
universitarios
•
Ratio profesorado equivalente a tiempo completo/población de referencia.
•
Ratio de personal docente e investigador (PDI)/población de referencia.
•
Ratio de personal de administración y de servicio e investigador (PAS)/
población de referencia.
•
Matriculados /población de referencia.
•
Total de recursos destinados a la universidad por alumno.
•
Esfuerzo bibliográfico: cantidad numérica de fondos de las bibliotecas
universitarias; inversión bibliográfica en € de la universidad.
•
Número de tesis por cada 100 PDI-doctores; número de tesis/ matriculados en
doctorado.
•
Derechos presupuestarios reconocidos en la Universidad correspondiente al I+D/PDI-doctor;
tesis defendidas/doctor; patentes explotadas/PDI; patentes presentadas al
registro europeo/PDI; ingresos de patentes/PDI.
•
Ratio de catedráticos, titulares
universitarios y catedráticos de escuelas universitarias por PDI; ratio
de doctores por PDI.
•
Publicaciones en medios españoles y extranjeros/PDI doctores; cantidad de
artículos de referencia internacional (ISI)/PDI doctor.
Como
se puede observar, los criterios que se han utilizado para evaluar la
institución, investigación y docencia en nuestro país han estado inmersos en un
entrelazado que engloba tanto las corrientes neoliberales como las humanistas
clásicas, provocando una suerte de fusión “académico-capitalista”, donde por un lado se conserva el elitismo hermético
decimonónico de la Universidad moderna (evaluación institucional) y por el otro
se introducen elementos típicos del mercado neo-capitalista (acreditación y
rankings). Como afirman los autores De Miguel y Apodaca,
Hubo
claramente un solapamiento entre los supuestos teóricos y metodológicos de dos
modelos evaluativos – evaluación institucional y la acreditación – que
presentan características claramente diferentes. El primero asume la tradición
académica; el segundo tiene un corte de tipo empresarial. (De Miguel, 2001; De
Miguel y Apodaca, 2009).
Esta
realidad, a pesar de haber afectado a todas las disciplinas científicas de la
academia española, ha sido particularmente singular en las carreras
humanísticas y sociales (De Sousa, 2010; Nagy-Zekmi y Hollis, 2012; Said,
1994). Según JanServaes, director del departamento de Comunicación de la
Universidad de Massachusetts y del área de Comunicación Sostenible en la
UNESCO,
Al
analizar con detalle los cambios internos y externos surgidos a partir de las
reformas institucionales de los últimos años en la educación superior, se
arriba a la conclusión de que el principal afectado a sido, entre otros, el rol
y lugar que los científicos sociales tienen en la sociedad” (Servaes, Homo
Academicus: Quo Vadis?, 2012).
Este
grado de afectación particular en el rol y lugar que los académicos
humanísticos y sociales tienen hoy en la sociedad pudo venir dado, a nuestro
entender, por dos razones principales: la estrecha relación que tienen los
estudios con el pensamiento crítico y, en algunas casos, emancipador, por un
lado, y la autonomía de los estudios con respecto a los poderes gubernamentales
de turno y el mercado, por el otro. Con respecto al primer factor, el filósofo
francés Pierre Bourdieu, en su famoso estudio sobre la sociología de las facultades
universitarias francesas, ya comentaba al respecto desde el punto de vista
comparativo con las disciplinas aplicadas:
(...)
las disciplinas aplicadas como Medicina o Derecho tienen un concepto diferente
de la investigación y la educación con respecto a las artes y las humanidades
(…) Sus tesis y estudios suelen ser más pragmáticos, formales, y tecnológicos
por naturaleza, mucho menos implicados, en general, por las cuestiones sociales
que puedan derivar de los mismos (Bourdieu, Homo Academicus, 1988 – Traducción
propia).
Otro
conocido pensador y estudioso de la materia, el palestino Edward Said, afirmaba
también algo similar con respecto al rol tradicional normativo de los
intelectuales humanistas:
Los
que están dentro del sistema promueven los intereses de éste; pero los
intelectuales públicos [humanistas] deben ser los que cuestionan el patriotismo
nacionalista, la manera de pensar de las corporaciones privadas, y el sentido
de clase, raza o privilegio de género. (Said, Representations of the Intellectual,
1994).
Con
respecto al segundo factor, la autonomía de los estudios sociales de los
poderes coyunturales, la profesora Mary Evans, de la London School of
Economics, comenta en su estudio dedicado a este tema:
Hoy
ya no se espera de las universidades valores como la independencia y el
pensamiento crítico, sino más criterios que responden a las prioridades del
mercado y la economía (…) gracias a una constante presión por parte de la
agencias de evaluación, medición y acreditación (…) que estandarizan y
comercializan la academia como nunca antes se había visto (Evans, Killing
Thinking: The Death of the Universities, 2004).
Haciendo
una distinción entre aquellos académicos que responden al orden establecido
haciendo y estudiando lo que el sistema les dicta, y aquellos que mantienen su
autonomía dentro del marco institucional, el conocido teórico Gilles Deleuze ya
afirmaba en su tiempo:
Los
académicos autónomos son opuestos a los académicos institucionalizados (…) los
académicos que mantienen su autonomía hablan sobre el desorden del orden,
hablan con voz propia, sin ‘representar’ a nada (…) la mejor pedagogía
‘pública’ es el trabajo intelectual del académico autónomo. (Deleuze, He Was My
Teacher: Desert Islands & Other Texts, 1953-1974).
Ya
sea por uno u otro motivo, lo cierto es que indudablemente los mecanismos de
evaluación de la calidad científica hoy en día están transformando, al menos en
el contexto español, la naturaleza de los estudios humanísticos y sociales. Ya
sea por el grado de importancia que disfrutan hoy dentro de las prioridades
educativas de la UE, su nivel de valoración entre los planificadores y
financiadores de I+D nacional e internacional, su presencia en los espacios de
articulación de poder, o su consideración prioritaria en la agenda del gobierno
y los mercados, podemos afirmar casi sin margen de dudas que las nuevas
políticas denominadas “del conocimiento” de la última década están dando un
giro de 360 grados a los contenidos de los estudios provenientes de las
Ciencias Sociales y Humanidades.
Antes
de pasar a plantearnos un posible nuevo escenario para revertirlo, primeramente
pasaremos a argumentar con más detalle por qué es necesario hacer hincapié en
los sistemas de evaluación de la calidad científica para una re-articulación de
los estudios sociales en la educación superior, así como también explicar
cuáles son exactamente las apuestas que defiende la denominada corriente
Ciencias Sociales Públicas. El objetivo final de esto será, como ya dijimos al
principio de este artículo, articular y enlazar la teoría del compromiso
académico con la práctica institucional universitaria.
6. Justificación de
una (re)evaluación de la calidad universitaria y las Ciencias Sociales Públicas
Si
consideráramos la posibilidad de implementar institucionalmente aquellos
postulados que sirvan para re-formular el actual rol de las Humanidades y
Ciencias Sociales en la sociedad actual, uno de los mecanismos principales que
nos ayudaría a realizarlo serían sin lugar a dudas los sistemas de evaluación
de la calidad, acreditación y ranking universitarios, una suerte de combinado
político-normativo-institucional que funcionaría como “caballo de Troya”
instrumental para nuestros objetivos.
Teniendo
en cuenta el gran impacto que tienen en la imaginario de los estudiantes y la
sociedad a la hora de percibir la función de la universidad (y sus disciplinas,
personal, campus...) así como también su grado de influencia normativa sobre
las prioridades educativas en las autoridades nacionales e internacionales, es
de suponer que toda re-articulación del sistema de evaluación de la calidad
universitaria variará indefectiblemente en los escenarios universitarios
futuros, reemplazando, a nuestro entender, unos valores por otros dependiendo
de las modificaciones llevadas a cabo durante su proceso de armado,
implementación e interpretación.
La importancia de esta iniciativa, pues,
radicaría en el hecho de reconocer, por un lado, la gran impronta que ya poseen
las evaluaciones de calidad (negarlo, creemos, sería un paso en falso a
contrapelo de las corrientes actuales en educación superior); y por el otro,
mediante una lectura crítica si se quiere más “humanista” de la gestión y el
management educativo, proponer alternativas que puedan implementarse bajo el
actual estado de las cosas, es decir, movilizando poco a poco el andamiaje –
político – dentro mismo de la institución universitaria.
CIENCIAS SOCIALES PÚBLICAS
Ante
la avanzada neo-liberalista de los últimos veinte años en casi todas las
universidades del continente Europeo, denominada por algunos como ya dijimos
“capitalismo académico” o “marketización” de la educación superior (Galcerán,
2003; Välimaa, 2009), distintos grupos académico- civiles dentro y fuera de las
facultades se han ido articulando con el objetivo explícito de defender teórica
y pragmáticamente lo que generalmente ellos denominan bajo el lema de Ciencias
Sociales Públicas (Galcerán, 2003; Sousa Santos, 2010; Freire, 2001; Galeano,
2001; Burawoy, 2011; Lindblom, 2002; Arrondo y Egido, 2008).
Estos
conceptos, abarcadores de todas las disciplinas universitarias pero especialmente
de marcado anclaje humanístico y social, defiende entre algunos de sus
postulados los siguientes valores:
1.
Ideologizar el conocimiento científico aplicado en las universidades.
2.
Capacitar a los estudiantes con un pensamiento crítico y analítico, capaz de
otorgarles las herramientas operativas necesarias para su emancipación.
3.
Fomentar el ejercicio de la autocrítica en la propia academia.
4.
Defender la autonomía respecto de los gobiernos de turno y de los poderes
fácticos económico-financieros.
5.
Incentivar los procesos pedagógicos integrales (por ejemplo, en sectores de la
ciudadanía) y no únicamente los profesionalizantes.
6.
Implicarse y comprometerse con los objetivos de estudio e investigación dados.
7.
Desarrollar un posicionamiento reactivo y, especialmente, pro-activo en el
accionar educativo-intelectual.
8. Y
finalmente: potenciar, legitimar y actualizar la labor social extra- académica
en la actividad curricular, ya sea a través de controles sociales y rendición
pública de cuentas o participación directa de la ciudadanía.
Todos
estos principios, a contracorriente tanto de los valores tradicionales
intra-académicos de la universidad moderna como de los criterios economicistas
de la ola neoliberal, se caracterizan fundamentalmente por sus implicaciones
pro-activas con la realidad externa (que se volvería parte integral de la
academia y, por tanto, interna), como así también por su ruptura con los roles
puramente técnico-profesionales que el mercado y la new management pretenden
del sistema educativo superior. La universidad de las Ciencias Sociales
Públicas re-articula, pues, pertinentemente, la función y el rol del académico
en la sociedad, en la medida en que lo re-ubica dentro de un “dispositivo”
conjunto – en unión a otras organizaciones sociales y cívicas, como puedan ser
las ONGs, los sindicatos, los organismos de derechos humanos y las comunas
barriales – para la tarea emancipadora y crítica de la sociedad, a través de la
generación y reproducción de conocimiento conscientemente político (Arrondo,
2011; Casullo, 2006; González, 2010; Anderson, 2011).
La
importancia de esta “tercera posición” residiría, pues, en el hecho de
considerar a la educación superior como un mecanismo más de lucha por la
consecución de una sociedad mejor, priorizando el uso y la divulgación del
conocimiento crítico como un instrumento fundamental para la emancipación no
sólo del Hombre y sus ideas, sino también – y especialmente – de sus sociedades
y sus formas de vida. A contramano del utilitarismo tecno-científico propuesto
por el capitalismo académico, que ve a la educación en relación a su input en
la economía, y del academicismo letrado tradicional, que propone la
restauración de la “La Ciudad Universitaria” por fuera del resto de las esferas
sociales, las Ciencias Sociales Públicas pretenden recuperar, desde su propio
ámbito pero con alcance general a todo el resto de las disciplinas, aquélla
antigua reflexión griega hoy más necesaria que nunca: la de la vida de las
sociedades en relación al acto mismo del conocimiento (González, 2012).
7. Proposiciones para
una evaluación de la calidad universitaria basada en las Ciencias Sociales
Públicas
Aún
a sabiendas de que para colocar dichos indicadores en los mecanismos de
evaluación de la calidad se necesitan de una serie de requisitos que aquí no
disponemos, proponemos a modo de iniciativa10 los siguientes indicadores
cuantitativos y cualitativos ante una virtual renovación del sistema de
evaluación de la calidad científica, basándonos, en la medida de lo posible y
siempre siendo conscientes de la actual distribución de fuerzas, en los
postulados teóricos de las Ciencias Sociales Públicas.
Para
su articulación, tuvimos en cuenta siete tipos de agentes/ espacios a evaluar,
ya que, como bien explica la literatura, “no es lo mismo evaluar la percepción
de los estudiantes con respecto a su apreciación de la institución donde
estudian que los diseños de las cátedras o los recursos bibliotecarios”
(Middlehurst, 1992). Así, definimos la división de la siguiente forma:
•
Educador (investigadores, docentes...)
•
Contenidos (cátedras, asignaturas, planes de estudio...)
•
Objetivos (impactos, outcomes)
• Estudiantes
(percepciones, satisfacción)
•
Procesos (métodos de enseñanza/aprendizaje)
•
Diseño (estándares, articulación cátedras...)
•
Acreditaciones (homologación, reconocimiento, transferencias...)
Siendo
éstas nuestras categorías y áreas de enfoque, pasamos a la formulación de los
posibles indicadores y sus definiciones:
Todos
estos criterios y posibles líneas de actuación, volverían, a nuestro entender,
normativo y posible aquello que hasta el día de hoy ha permanecido sólo en
iniciativas puntuales de algunos colectivos, nunca sistematizándose hasta el
punto de transformarlo en una agenda política de la universidad Española. Por
esta razón, lo que estamos afirmando con estas proposiciones es el hecho de que
hasta que no se evalúen las “cualidades altermundistas o comprometidas”, es
decir, hasta que no se contemplen a la hora de otorgar pluses, dotaciones
económicas para investigación, un mejor posicionamiento global institucional, o
para la acreditación del profesorado, estos valores sociales-críticos-emancipadores
del conocimiento comprometido se mantendrán siempre en una esfera discursiva y
teórica, con buenas intenciones, pero nunca empleadas en el mundo real de las
instituciones y sus formas de poder.
8. Conclusiones
Los
académicos de Ciencias Sociales y Humanidades en España y en Europa viven una
dualidad que nace en lo conceptual pero se inserta en lo metodológico. Entre la
visión tradicional humanista de algunos y “neoliberal” de otros, la realidad
global exige un posicionamiento ambiguo de las ciencias sociales nacionales, a
medio camino entre su sostenibilidad económica y su tradicional rigor
científico.
Una
corriente “renovadora” nacida de esta discusión y proveniente de lugares con
procesos similares, se introduce en esta situación histórica particular y se
hace hueco: La Universidad Popular, Comprometida, o Altermundista, y de allí
sus ramas científicas y disciplinarias: las Ciencias Sociales Públicas. Entre
sus postulados, que hacen públicos a través de congresos y artículos
científicos y periodísticos, proponen un compromiso académico explícito de las
universidades con la sociedad civil, con los trabajadores, con los
desfavorecidos, con las minorías sociales... teniendo como objetivo principal,
entre tantos otros, el de fortalecer el rol transformador y crítico de la
academia, en completa alianza con el resto de las esferas sociales
no-universitarias y no científicas.
Ante
esta iniciativa, propusimos en este artículo diseñar modestamente un modelo
propio de medición de la calidad científica, incluyendo estos valores en forma
de indicadores a priorizar a la hora de otorgar pluses, promover puestos y
posicionar centros de investigación.
A
pesar de las numerosas posibles resistencias burocráticas y potenciales escenarios
conflictivos en su virtual implementación, y de las muchísimas y variadas
cuestiones aún por resolver , como la centralización (o no) de la recolección
de datos y su análisis e interpretación, la monitorización del proceso, los
mecanismos de comunicación/divulgación o identificación de las audiencias. Su
mera articulación es ya un establecimiento de las bases mínimas a cumplimentar,
así como también toda una declaración de intenciones.
Como
se ha querido demostrar en el último apartado de este artículo, la “audacia” de
los postulados que estos indicadores defienden, calificados por muchos “a
contrapelo de las vertientes tradicionalistas y neo-capitalistas”, no
conseguirá por sí sola establecer un espacio de profundidad democrática dentro
del mundo académico, por más argumentado y estudiado que esté la iniciativa.
Por el contrario, y como afirma el sociólogo Horacio González, para que sea
realmente efectiva la audacia de estos indicadores “tiene que asociarse
[también] a la imaginación, a la movilización social y al establecimiento de
ámbitos institucionales que procesen el conflicto interno en las fuerzas de
cambio”(González, 2011). La primera parte, creemos, ya se ha conseguido; ahora
toca ocuparse de las otras dos.
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